Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Gilbert pasó, camino a su vestidor, y no dijo ni una palabra sobre su vestido nuevo. Ana se quedó un momento inmóvil, ardiendo de resentimiento; luego, con irritación, se quitó el vestido y lo arrojó sobre la cama. Se pondría su viejo vestido negro, considerado extremadamente «elegante» en los círculos de Cuatro Vientos, pero que a Gilbert nunca le había gustado. ¿Qué se pondría en el cuello? Las cuentas de Jem, aunque valoradas durante años, hacía tiempo que habían dejado de existir. De verdad que no tenía ni un collar como la gente. Bien, sacó el estuche con el corazoncito de esmalte rosa que le había regalado Gilbert en Redmond. Rara vez se lo ponía ahora; después de todo, el rosa no le quedaba bien con sus cabellos rojos, pero esta noche sí se lo pondría. ¿Se daría cuenta Gilbert? Bien, ya estaba lista. ¿Por qué tardaba Gilbert? ¿Qué lo hacía tardar tanto? ¡Ah, sin duda se estaba afeitando con mucho esmero! Ella golpeó a la puerta.

—Gilbert, vamos a perder el tren si no te apresuras.

—Pareces una maestra de escuela —dijo Gilbert, saliendo—. ¿Algún problema con tus metatarsos?



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