Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Comenzaron a entrar otros invitados hasta que al final ellos regresaron. Hubo charlas, risas, música. Christine cantó… y muy bien. Siempre había tenido «temperamento musical». Le cantó a Gilbert los queridos días pasados que ya no recuperaremos jamás. Gilbert se reclinó en una silla y permaneció extrañamente callado. ¿Miraba con añoranza hacia esos queridos días pasados? ¿Se imaginaba lo que habría sido su vida de haberse casado con Christine?
«Antes, siempre sabía lo que Gilbert estaba pensando. Me está empezando a doler la cabeza. Si no salgo pronto de aquí, voy a vomitar y a aullar. Gracias al cielo que nuestro tren sale temprano».
Cuando Ana bajó, Christine estaba de pie en el porche con Gilbert. En un momento dado, estiró el brazo y sacó una hoja del hombro de Gilbert: el gesto fue como una caricia.
—¿De verdad estás bien, Gilbert? Se te ve terriblemente cansado. Yo sé que estás trabajando en exceso.
Una oleada de horror sacudió a Ana. ¡Gilbert tenía aspecto de cansado, de muy cansado, y ella no lo hubiera notado de no haberlo señalado Christine! Jamás olvidaría la humillación de ese momento. (He estado viendo a Gilbert como obvio y culpándolo a él por hacer lo mismo).
Christine se volvió a ella.