Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Se apartó de la ventana. Con su bata blanca, con el cabello peinado en dos largas trenzas, parecÃa la Ana de los dÃas de Tejas Verdes, de los dÃas de Redmond, de los dÃas de la Casa de los Sueños. Ese resplandor interno todavÃa se irradiaba de ella. A través de la puerta abierta, se oÃa el tenue ruido de la respiración de los niños. Gilbert, que rara vez roncaba, estaba sin duda alguna roncando ahora. Ana sonrió, divertida. Pensó en algo que habÃa dicho Christine. Pobre mujer sin hijos, arrojando sus pequeños dardos de sarcasmo.
—¡Qué familia! —repitió Ana, llena de júbilo.