Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Blythe! ¡Me siento Blythe! —dijo, riendo ante el tonto juego de palabras—. Me siento exactamente como me sentà aquella mañana en que Pacifique me dijo que Gilbert se curarÃa.
Allá abajo estaban el misterio y la maravilla de un jardÃn nocturno. Las colinas lejanas, con polvo de luna eran un poema. Antes de que pasaran muchos meses, ella estarÃa viendo la luz de la luna en las distantes y difusas colinas de Escocia, en Melrose, en las ruinas de Kenilworth, en la iglesia junto al Avon, donde dormÃa Shakespeare, tal vez incluso en el Coliseo, en la Acrópolis, en tristes rÃos que corrÃan sobre imperios muertos.
La noche estaba fresca; pronto vendrÃan las noches más frÃas, más áridas del otoño; luego la nieve profunda, la blanca nieve profunda, la blanca y frÃa nieve profunda del invierno, noches con la fiereza del viento y las tormentas. Pero ¿qué importaba? HabrÃa la magia del fuego encendido en habitaciones amables… ¿acaso no habÃa comentado Gilbert no hacÃa mucho que estaba consiguiendo leños de manzano para quemar en el hogar? GlorificarÃan los dÃas grises que iban a venir. ¿Qué importarÃan la nieve caÃda y el viento áspero cuando el amor ardÃa claro y brillante, con la primavera más allá? Y todas las pequeñas dulzuras de la vida salpicando el camino.