Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Nan, Diana y Rilla dormían en la habitación de al lado. Diana, con sus preciosos rizos rojos que le cubrían la cabeza, y una manita bronceada por el sol debajo de la mejilla, y Nan, con sus larguísimas pestañas sobre su mejilla. Los ojos, detrás de esos párpados con venitas azules, eran color avellana, como los de su padre. Y Rilla dormía panza abajo. Ana la dio vuelta, pero los ojos cerrados con fuerza no se abrieron ni por un instante.

Todos crecían tan rápido… En pocos años más, serían jóvenes hombres y mujeres, jóvenes de puntillas, expectantes, elevados sobre sus dulces y osados sueños, pequeños buques que zarparían del puerto seguro rumbo a puertos desconocidos. Los muchachos se irían a hacer lo que eligieran, y las niñas… ah, entrevistas entre la niebla, podían vislumbrarse las formas de hermosas novias que bajaban las viejas escaleras de Ingleside.

Pero todavía seguirían siendo suyos por unos años más… suyos para que los meciera y los guiara, para que les cantara las canciones que tantas madres habían cantado. Suyos… y de Gilbert.

Salió y atravesó el vestíbulo hasta la ventana del mirador. Todas sus sospechas, sus celos y su resentimiento se habían desvanecido donde se desvanecen las lunas viejas. Se sentía confiada, alegre y ligera.


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