Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana no tenía sueño. Era demasiado feliz para dormirse, por el momento. Se movió sin hacer ruido por la habitación, guardando cosas, trenzándose el pelo, siendo una mujer amada. Por fin se puso una bata y cruzó el corredor para ir a la habitación de los varones. Walter y Jem en sus camas y Shirley en su camita estaban profundamente dormidos. Camarón, que había sobrevivido a generaciones de graciosos gatitos y se había convertido en un hábito de la familia, estaba enrollado sobre sí mismo a los pies de Shirley. Jem se había quedado dormido en la mitad de la lectura de El libro de la vida del capitán Jim, que estaba abierto sobre la colcha. ¡Caramba, qué largo parecía Jem debajo de las mantas! Pronto sería grande. ¡Qué muchachito tenaz y confiable era! Walter sonreía en sueños, como quien conoce un secreto encantador. Atravesando los barrotes de la ventana, la luna brillaba sobre su almohada y arrojaba la sombra de una cruz bien dibujada sobre la pared encima de su cabeza. En años por venir, Ana recordaría esto y se preguntaría si no había sido un presagio de Courcelette, de una tumba marcada por una cruz «en algún lugar de Francia». Pero esta noche era sólo una sombra, nada más. A Shirley casi se le había ido el sarpullido del cuello. Gilbert tenía razón.
Él siempre tenía razón.