Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Me alegro mucho de tenerte otra vez en casa, Ana, así es. Hace nueve años que te fuiste, pero al parecer ni Marilla ni yo podemos dejar de extrañarte. No estamos tan solas ahora que Davy se ha casado. Millie es encantadora, ¡qué tortas hace!, aunque es curiosa como una ardilla con todo. Pero siempre he dicho, y seguiré diciéndolo, que no hay nadie como tú.

—Ah, pero no puedo engañar a este espejo, señora Lynde. Me está diciendo, con toda claridad: «Ya no eres tan joven como eras» —dijo Ana, con gesto caprichoso.

—Tienes muy bien el cutis —dijo la señora Lynde, consolándola—. Aunque claro que nunca tuviste muchos colores.

—Al menos, todavía no tengo asomo, de doble papada —dijo Ana, con alegría—. Y mi viejo dormitorio me recuerda, señora Lynde. Me alegro. Me dolería tanto regresar y descubrir que me ha olvidado. Y es maravilloso volver a ver la luna apareciendo por detrás del Bosque Encantado.

—Parece un gran pedazo de oro en el cielo, ¿no? —dijo la señora Lynde, sintiendo que entraba en un desbordado vuelo poético y agradeciendo que Marilla no estuviera cerca para oírla.


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