Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside De pronto, Walter supo que no podría soportarlo. Debía irse a casa. Ya mismo, de inmediato. Tenía que ver a mamá antes de que… antes de que… se muriera. Era eso lo que la tía Mary María había querido decir. Ella sabía que mamá iba a morirse. Sería inútil despertar a nadie para pedir que lo llevaran a su casa. No lo llevarían… se reirían de él. El camino hasta casa era terriblemente largo pero caminaría toda la noche.
Sin hacer ruido, se bajó de la cama y se puso la ropa. Llevó los zapatos en la mano. No sabía dónde había puesto la señora Parker su gorro, pero eso no importaba. No tenía que hacer ruido… tenía que escapar y llegar a su casa para ver a mamá. Le daba pena no poder despedirse de Alice… ella habría comprendido. Cruzó el oscuro vestíbulo… bajó la escalera… escalón por escalón… conteniendo la respiración… ¿los escalones no terminaban nunca…? Hasta los muebles escuchaban… ¡ay!
¡Se le había caído un zapato! Repiqueteó escaleras abajo, resonando de un escalón al siguiente, atravesó el vestíbulo y se detuvo contra la puerta del frente con lo que a Walter le pareció un estruendo ensordecedor.
Desolado, Walter se acurrucó contra la baranda. Todo el mundo tenía que haber oído ese ruido, saldrían corriendo, no lo dejarían irse a su casa… un sollozo de desolación se le ahogó en la garganta.