Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Pareció que pasaban horas antes de que se atreviera a creer que no se había despertado nadie, antes de que se atreviera a proseguir su cuidadoso camino escalera abajo. Pero por fin lo logró: encontró el zapato y con cuidado movió el picaporte de la puerta. En casa de los Parker jamás se cerraban las puertas. La señora Parker decía que no tenían nada que valiera la pena robar que no fueran los niños, y a éstos nadie los querría.
Walter estaba fuera, y la puerta se había cerrado a sus espaldas. Se puso los zapatos y comenzó a avanzar por la calle. La casa estaba casi en las afueras del pueblo y en seguida estuvo en la carretera. Un momento de pánico se apoderó de él. El miedo de que lo sorprendieran y le impidieran irse había pasado y todos sus viejos miedos a la oscuridad y la soledad volvieron. Nunca antes había estado solo en la noche. Le tenía miedo al mundo. El mundo era tan inmenso y él era tan espantosamente pequeño. Hasta el viento frío y cortante que soplaba desde el este parecía azotarle la cara para obligarlo a regresar.