Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside «¡Mamá iba a morirse!», Walter tragó saliva y enfiló rumbo a su casa. Siguió y siguió, luchando valientemente contra el miedo. Había luna pero su luz le permitía ver cosas, y no se veía nada conocido. Una vez que había salido con papá, había pensado que nunca había visto nada tan precioso como una carretera iluminada por la luna, atravesada por las sombras de los árboles. Pero ahora las sombras eran tan negras y agudas que podían hasta echársele encima. Los campos se habían vuelto extraños. Los árboles ya no eran amigos. Parecían vigilarlo, juntándose frente a él y a sus espaldas. Dos ojos resplandecientes lo miraron desde la cuneta y un gato negro, de un tamaño increíble, cruzó la carretera corriendo. «¿Sería un gato? ¿O…?». La noche estaba fría; Walter temblaba con su camisa finita, pero no le importaría el frío, si pudiera evitar tenerle miedo a todo… y a las sombras y a los ruidos furtivos y a las cosas sin nombre que podían estar acechando en los bosques junto a los cuales pasaba. Se preguntó cómo sería no tenerle miedo a nada… como Jem.
—Voy a… voy a hacer como que no tengo miedo —dijo en voz alta… y en seguida se estremeció de terror ante el sonido de su voz, que se perdió en la inmensidad de la noche.