Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Hacía tres horas. Había salido a las once de la casa de los Parker, y ahora eran las dos. Cuando Walter se encontró en el camino que bajaba hacia Glen, exhaló un suspiro de alivio. Pero al atravesar el pueblo, las casas dormidas le parecieron remotas y lejanas. Se habían olvidado de él. De pronto, una vaca le mugió desde el otro lado de un cerco, y Walter recordó que el señor Joe Reese tenía un toro salvaje. De puro pánico, emprendió una carrera que lo llevó colina arriba hasta la entrada de Ingleside. Estaba en casa… ¡ah, estaba en casa!

Pero entonces se paró en seco, temblando, abrumado por una horrenda sensación de desolación. Había esperado ver las luces cálidas de la casa. ¡Y en Ingleside no había ni una luz!

En realidad sí la había, aunque él no alcanzó a verla; había luz en un dormitorio, donde la enfermera dormía, con la cesta de la recién nacida junto a su cama. Pero para todos los efectos, Ingleside estaba tan oscura como una casa abandonada, y esto doblegó el espíritu de Walter. Jamás había visto, jamás había imaginado, Ingleside oscura por las noches.

¡Eso quería decir que mamá había muerto!


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