Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Walter avanzó tropezando por el sendero de entrada y, cruzando la lúgubre sombra oscura de la casa que se proyectaba sobre el césped, llegó a la puerta del frente. Estaba cerrada. Dio un golpecito (no alcanzaba el llamador), pero no hubo respuesta, ni él esperaba que la hubiera, tampoco. Escuchó: no había señales de vida en la casa. Supo que mamá había muerto y que todos se habían ido.
Para entonces, tenía demasiado frío y demasiado cansancio como para llorar, de modo que dio la vuelta hasta el granero y subió la escalera hasta la pila de heno. Ya ni siquiera tenía miedo; lo único que quería era algún lugar protegido del viento frío, donde acostarse hasta la mañana. Tal vez entonces viniera alguien, después de que enterraran a mamá.
Un mimoso gatito atigrado que alguien le había regalado al doctor le ronroneó; olía a heno. Walter se abrazó a él, contento: estaba calentito y vivo. Pero el gatito oyó a los ratones correteando por el suelo y no se quedó. La luna lo miraba a través de la ventana llena de telarañas, pero Walter no halló consuelo en esa luna lejana, fría, incomprensiva. Una luz que brillaba en una casa de Glen era más amiga. Mientras esa luz siguiera encendida, él podría tolerarlo todo.