Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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También Gilbert iba a la caza de una beca, pero encontraba tiempo para visitarlas con frecuencia. Era el compañero de Ana en casi todos los acontecimientos del colegio y ésta sabía que sus nombres se pronunciaban juntos con frecuencia. Ana se enfadaba, pero era inútil; no podía hacer a un lado a un viejo amigo como Gilbert, especialmente cuando se había vuelto de pronto inteligente y sagaz, cosa tan necesaria ante la peligrosa proximidad de más de un joven de Redmond, pues de muy buen grado cualquiera de estos últimos habría ocupado su lugar junto a la grácil pelirroja, cuyos ojos grises refulgían como estrellas. Ana no estaba nunca rodeada por la corte de gustosas víctimas que cercaba a Philippa; pero un desgarbado e inteligente «novato», un alegre y rollizo alumno de segundo y un alto y sabio de tercero acudían a la pensión para hablar de «ismos» y de otras cosas con Ana, en la «almohadonada» sala. A Gilbert no le gustaba ninguno y tenía buen cuidado de no cederles ventaja en aquello que pudiera significar una inesperada demostración de sus verdaderos sentimientos. Para ella había vuelto a ser el amigo de la niñez, y como tal podía ocupar su lugar frente a cualquier «recién llegado». Ana admitía que como compañero, nadie podía ser más satisfactorio que Gilbert. Estaba muy contenta (así se lo decía a sí misma) de que él hubiese abandonado esas ideas tontas. Aunque pasaba largos ratos preguntándose el porqué de su satisfacción a ese respecto.


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