Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Quisiera no tener que volver a ver a esa horrible criatura! —exclamó sollozando.
Pero no pudo evitarlo, aunque el enfurecido Charlie cuidó de que no fuese muy de cerca. Los cojines de la señorita Ada se vieron libres desde entonces de sus depredaciones; y cuando se encontraba con Ana en la calle o en las aulas de Redmond, su saludo era notoriamente helado. Durante el resto del año las relaciones entre los dos antiguos condiscípulos fueron secas. Luego Charlie dirigió sus afectos a una alumna de segundo, gordezuela, de nariz chata y ojos azules, y que pareció concederle todo el valor que merecía; ante esto, el muchacho perdonó a Ana y condescendió a portarse bien nuevamente, cosa que hizo con evidente aire protector, destinado a demostrarle cuánto había perdido. Cierto día Ana entró corriendo en la habitación de Priscilla.
—Lee eso —dijo alcanzándole una carta—. Es de Stella; vendrá a Redmond el año próximo; ¿qué te parece su idea? Creo que es muy buena, siempre que podamos llevarla a cabo. ¿Crees que podremos, Priscilla?
—Podré contestarte mejor en cuanto sepa de qué va —dijo Pris, dejando a un lado el griego para coger la carta de Stella. Stella Maynard había sido condiscípula suya en la Academia de la Reina y estaba desde entonces dedicada a la enseñanza.