Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Pero voy a abandonarla, Ana querida —decía en su carta—, para ir a la universidad. Si curso el tercer año en la Academia puedo entrar a segundo en la universidad. Estoy cansada de enseñar en una escuela rural. Algún día escribiré un tratado sobre «Las vicisitudes de una maestra rural». Será de un terrible realismo. En general, parece que todos opinan que vivimos en un lecho de rosas y que robamos nuestro sueldo. Mi libro dirá la verdad sobre nosotras. Si pasa una semana sin que alguien me diga que estoy trabajando poco por lo que me pagan, me llevaré un alegrón. Lo único que falta es que un contribuyente me diga: «Bueno, usted gana fácilmente su sueldo; todo cuanto tiene que hacer es sentarse y oír las lecciones». Al principio discutía, pero ahora soy más inteligente. La verdad es indestructible, pero, como alguien ha dicho muy bien, algunos errores son aún más indestructibles. De modo que ahora sonrío suavemente con elocuente silencio. Tengo alumnos de todas las edades y debo enseñar un poco de todo, desde el estudio de la anatomía de los gusanos hasta el sistema solar. Mi alumno más pequeño es un niño de cuatro años (su madre lo envía al colegio para quitárselo de encima) y el mayor tiene veinte (se le ocurrió de pronto que sería mejor asistir a la escuela y educarse que seguir pegado al arado más tiempo). Es un terrible esfuerzo amontonar toda clase de estudios en seis horas por día. No sé si los niños se sienten como el pequeño que asistió al cine por vez primera («tengo que ver lo que sigue antes de haberme dado cuenta de las cosas que pasaron»), pero yo sí me siento como él.


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