Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Oh, gracias! —repuso la señora Atossa, con agrio tono—. No me acaba de gustar la jalea de tu madre; la hace demasiado dulce. Sin embargo, procuraré probar un poco. He tenido poquÃsimo apetito esta primavera. No estoy nada bien —continuó solemnemente—, pero sigo tirando. Los que no pueden trabajar son innecesarios aquÃ. Si no es demasiado pedir, ¿podrÃas dejar la jalea en la despensa? Tengo prisa por dejar esto listo esta noche. Supongo que dos señoritas como ustedes no harán cosas asÃ. Tendrán miedo de echarse a perder las manos.
—Yo acostumbraba mondar patatas antes de que alquilásemos la granja —dijo Ana, sonriente.
—Y yo todavÃa lo hago —agregó Diana—. Lo estuve haciendo durante tres dÃas la semana pasada. Desde luego —añadió con ironÃa—, después me suavicé las manos con zumo de limón y me puse guantes.
La tÃa Atossa lanzó un bufido.
—Me imagino que has aprendido eso en las revistas idiotas que tanto lees. Supongo que tu madre lo consiente, pues siempre te ha mimado. Cuando George se casó con ella todos pensamos que no serÃa una buena esposa para él. ¿Os vais? —preguntó al ver ponerse en pie a las muchachas—. Bueno, supongo que no resulta muy divertido hablar con una vieja como yo. Es una lástima que los chicos no estén en casa.