Ana la de La Isla
Ana la de La Isla A pesar de la hora avanzada, la tÃa Atossa cortaba patatas en el jardÃn de los Wright. Llevaba un viejo pañuelo sobre la cabeza y su cabello gris estaba decididamente desgreñado. A la tÃa Atossa no le gustaba ser descubierta cuando no estaba en guardia, de manera que salió del paso haciéndose la desagradable.
—¿Ah, de modo que tú eres Ana Shirley? —preguntó después de la presentación de Diana—. He oÃdo hablar de ti. —Su tono implicaba que no habÃa oÃdo nada bueno—. La señora Andrews me dijo que estabas de regreso y que habÃas progresado mucho.
Era evidente que la tÃa Atossa opinaba que el progreso podrÃa haber sido mucho mayor. Ni un instante habÃa cesado en su labor.
—¿Servirá de algo pedirles que se sienten? —preguntó sarcásticamente—. Desde luego, por aquà no hay nada que pueda entretenerlas mucho. El resto de la gente no está en casa.
—Mamá le manda este pote de mermelada de ruibarbo —dijo Diana cortésmente—. La hizo hoy y pensó que le gustarÃa.