Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Bueno, no tardes mucho en hacerlo —continuó la tÃa con significativo tono—. Pronto te marchitarás; no eres más que piel y huesos. Y los Wright son muy endebles. DeberÃas llevar sombrero, señorita Shirley. Tu nariz está escandalosamente pecosa. ¡Santo Dios, si eres pelirroja! Bueno, supongo que la Providencia nos ha hecho como somos. Dale saludos de mi parte a Marilla Cuthbert. No se ha molestado en venir a verme desde que llegué a Avonlea, pero supongo que no tengo por qué quejarme. Los Cuthbert siempre se consideraron superiores.
—¡Oh!, ¿no es horrible? —exclamó Diana, mientras escapaban corriendo por la cuesta.
—Es peor que Eliza Andrews —respondió Ana—. ¡Pero piensa lo que es vivir toda la vida con un nombre como Atossa a cuestas! Eso es capaz de echarle a perder el genio a cualquiera. Debió imaginarse que se llamaba Cordelia. Eso la hubiese ayudado mucho. Asà me pasó a mà en los tiempos en que no me gustaba llamarme Ana.