Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Josie Pye será como ella cuando envejezca. Su madre y la tía Atossa son primas, ¿sabes? Me alegro de haber dejado a la tía. ¡Es tan maliciosa! Su arte consiste en encontrar el lado malo de las cosas; papá recuerda una anécdota muy divertida sobre eso. Cierta vez había en Spencervale un ministro que era muy bueno pero muy sordo. No alcanzaba a escuchar una conversación en tono corriente. Bueno, ellos solían reunirse a rezar los domingos al atardecer y todos los asistentes se ponían en pie por turno y decían un versículo de la Biblia. Pero una tarde la tía Atossa se puso en pie de un salto. Ni rezó ni predicó. En cambio riñó a todos los que estaban allí, los llamó por sus nombres y dijo cómo se habían portado, sacando a relucir todos los escándalos y querellas de los últimos diez años. Y puso punto final declarando que no le gustaba la iglesia de Spencervale y que no volvería por allí, aunque esperaba que cayera sobre la congregación un terrible castigo. Entonces se sentó, y el ministro, que no había oído una palabra, dijo: «Amén. Y quiera el Señor aceptar la plegaria de nuestra querida hermana». ¡Tendrías que oír a papá cuando lo cuenta!

—Hablando de cuentos, Diana —comentó Ana, con tono significativamente confidencial—, ¿sabes que me he estado preguntando si sería capaz de escribir un cuento corto digno de ser publicado?


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