Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¿Ya has bautizado a todos los personajes? —preguntó Diana con ansiedad—. Si todavÃa no lo has hecho voy a pedirte que me dejes uno… cualquier personaje sin importancia. SerÃa como si tuviera una parte en tu historia.
—Puedes bautizar al chico que está empleado en casa de los Lester —concedió Ana—. No es muy importante, pero es el único que todavÃa no tiene nombre.
—Llámalo Raymond Fitzosborne —sugirió Diana, que tenÃa una buena colección de nombres, reliquias del viejo Club de Cuentos que habÃan fundado en los dÃas escolares junto con Ana, Ruby Gillis y Jane Andrews.
Ana sacudió la cabeza dubitativamente.
—Suena demasiado aristocrático para un criado. No puedo imaginarme a un Fitzosborne dando de comer a los cerdos y juntando astillas, ¿y tú?
Diana opinaba que, después de todo, si uno tenÃa imaginación, podÃa encontrarlo admisible, pero que Ana sabÃa seguramente más de psicologÃa. Finalmente el criado fue bautizado Robert Ray, con el sobrenombre de Bobby para ciertas ocasiones.
—¿Cuánto crees que te pagarán por él? —preguntó Diana.
Ana no habÃa pensado siquiera en ello. Iba en pos de la fama y sus sueños literarios no se habÃan contaminado todavÃa con consideraciones mercenarias.