Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Me permitirás leerlo, ¿no es cierto? —rogó Diana.
—Cuando lo termine os lo leeré a ti y al señor Harrison, y quiero que lo juzguéis severamente. Nadie más lo verá hasta que esté publicado.
—¿Qué final tendrá, feliz o desgraciado?
—No estoy segura. Lo hubiera preferido desdichado, pues es mucho más romántico, pero tengo entendido que los editores tienen prejuicios contra los finales tristes. Una vez le oà decir al profesor Hamilton que sólo los genios pueden atreverse a escribir un desenlace desgraciado. Y yo —concluyó Ana modestamente— no tengo nada de genial.
—¡Oh, yo prefiero los finales felices! Deja que los protagonistas se casen —pidió Diana, que desde que se encontraba comprometida con Fred creÃa que asà debÃan terminar todas las novelas.
—Pero ¿no te gusta llorar cuando lees cuentos?
—SÃ, pero por la mitad. Me gusta que terminen bien.
—Tengo que idear una circunstancia patética —meditó Ana—. TendrÃa que herir a Robert Ray en un accidente, y escribir una escena de muerte.
—No, no debes matar a Bobby —declaró Diana riendo—. Me pertenece y quiero que viva. Mata a cualquier otro, si tienes que hacerlo.