Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Los quince días siguientes los pasó Ana escribiendo o soñando según su estado de ánimo. A ratos se la veía radiante ante una idea nueva, a ratos desesperada porque un personaje no se comportaba correctamente. Esto no podía entenderlo Diana.

—Hazlos como tú quieras —le sugirió.

—No puedo —refunfuñó Ana—. Averil es una heroína imposible de manejar. Hace y dice cosas que yo no quiero; echa a perder todo lo que he escrito antes y debo hacerlo de nuevo.

Sin embargo, la historia fue por fin terminada y Ana se la leyó a su amiga en el refugio de su habitación.

Había llevado a cabo su «escena patética» sin sacrificar a Robert Ray, y mientras leía observaba a Diana por el rabillo del ojo. Cuando el momento llegó, Diana lloró apropiadamente; pero ante el desenlace pareció algo desilusionada.

—¿Por qué mataste a Maurice Lennox? —le reprochó.

—Era el villano. Debía ser castigado.

—Pero a mí me gustaba más que los demás —dijo Diana con escasa lógica.

—Bueno, pues está muerto y muerto quedará —exclamó Ana, algo resentida—. Si le hubiera permitido seguir vivo habría continuado persiguiendo a Averil y a Perceval.


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