Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No se lastimó mucho —dijo Davy desafiante—. Claro que si se hubiera muerto estarÃa realmente triste, Ana. Pero los Keith no se mueren asà como asÃ. Me parece que somos como los Blewett. Herb se cayó del henal el miércoles pasado y rodó hasta la cuadra, donde tienen encerrado un potro salvaje, y fue a dar justo bajo sus patas; y asà y todo salió con sólo tres huesos rotos. La señora Lynde dice que hay tipos que no se mueren ni a cañonazos. ¿Vendrá mañana la señora Lynde, Ana?
—SÃ, Davy. Espero que serás amable y bueno con ella.
—Seré bueno y amable. ¿Pero será ella quien me llevará a dormir todas las noches?
—Puede ser…, ¿por qué?
—Porque si lo hace —dijo Davy firmemente— no rezaré mis oraciones delante de ella como lo hago contigo.
—¿Por qué no?
—Porque no me gusta hablar con Dios delante de extraños, Ana. Dora puede rezar junto con la señora Lynde, si quiere, pero yo no lo haré. Esperaré a que se vaya. ¿No te parece bien, Ana?
—SÃ, si estás seguro de no olvidarte.