Ana la de La Isla
Ana la de La Isla TenÃa la molesta sensación de que no era precisamente razonable sentir aún sobre su mano la cálida presión de la de Gilbert tan nÃtidamente como la habÃa sentido en aquel brevÃsimo momento; y menos aún que fuera una impresión placentera tan distinta a la que sintiera ante un gesto idéntico de Charlie Sloane, hacÃa tres noches, durante una fiesta en White Sands. El ingrato recuerdo la estremeció. Pero todos los problemas relacionados con sus enamorados desaparecieron de su mente no bien se sumergió en la prosaica atmósfera de la cocina de «Tejas Verdes», donde un chiquillo de ocho años lloraba amargamente sobre un sillón.
—¿Qué sucede, Davy? —le preguntó tomándolo en sus brazos—. ¿Dónde están Marilla y Dora?
—Marilla fue a acostar a Dora —sollozó el niño—. Dora se cayó por las escaleras del sótano y se raspó la nariz y…
—Oh, bueno, no llores, querido. Claro que es una pena, pero asà no remediarás nada. Mañana Dora estará bien. Llorar, nunca sirve de ayuda, y…
—Yo no lloro porque Dora se cayó al sótano —dijo el niño interrumpiendo el sermón—. Lloro porque no estaba allà para verla. No sé por qué me tengo que perder siempre las cosas divertidas.
—¡Oh, Davy!… —Ana ahogó una carcajada—. ¿Te parece divertido que la pobre Dora caiga y se haga daño?