Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Asà pasó una semana de deliciosos sueños, después de la cual llegó el amargo despertar. Diana encontró una tarde a su amiga en su buhardilla, con una expresión extraña en sus ojos grises. Sobre la mesa habÃa un gran sobre y un arrugado manuscrito.
—Ana, ¿te han devuelto el cuento? —preguntó.
—Asà es —respondió ésta brevemente.
—Bueno, ese editor debe de estar loco. ¿Qué razones te da?
—Ninguna. Sólo una nota diciendo que no le resulta satisfactorio.
—Nunca acabó de gustarme ese semanario. Los cuentos que publica no son ni la mitad de interesantes que los del Canadian Woman, a pesar de que cuesta mucho más. Sin duda el editor tiene prejuicios contra todo el que no sea yanqui. No te desanimes, Ana. Recuerda cómo le devolvÃan los cuentos a la señora Morgan. EnvÃalo al Canadian Woman.
—Creo que lo haré —dijo Ana, animándose—. Y si lo publican le enviaré una copia a ese editor americano. Pero suprimiré la parte del crepúsculo. Creo que el señor Harrison tenÃa razón.