Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ana se prometió a sí misma que la próxima vez que escribiera una historia no le pediría a nadie que la criticara. Era demasiado desmoralizador. Aunque le había hablado del cuento a Gilbert, no se lo leería.

—Si tiene éxito ya lo verás publicado, Gilbert; de lo contrario nadie sabrá de él.

Marilla no sabía nada del cuento. Ana se imaginaba a sí misma leyéndoselo en una revista y, cuando Marilla se deshiciera en alabanzas (todo era posible), declarándose la autora.

Cierto día Ana llevó a la oficina de Correos un sobre grande y abultado, dirigido, con esa confianza que da la juventud y la inexperiencia, al semanario más importante entre los importantes. Diana estaba tan excitada como Ana.

—¿Cuánto tiempo crees que tardarán en contestar? —preguntó.

—No pueden pasar más de quince días. ¡Oh, qué feliz y orgullosa me sentiré si lo aceptan!

—Claro que lo aceptarán; y probablemente te pedirán que les envíes otros. Algún día serás tan famosa como la señora Morgan. ¡Qué orgullosa me sentiré entonces de ser tu amiga! —dijo Diana, que poseía, por lo menos, el sorprendente mérito de profesar una desinteresada admiración por los dones y gracias de sus compañeros.


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