Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No lo creo —exclamó Ana enfáticamente. En el fondo de su corazón tenÃa la certidumbre de que las hermosas palabras dichas a Averil conquistarÃan completamente a cualquier muchacha. Además, era inadmisible que Averil, la sublime, la majestuosa Averil, pudiera «mandar al infierno» a alguien.
—Además —continuó el despiadado señor Harrison—, no veo por qué no se queda con ella Maurice Lennox. Es el doble de hombre que el otro. Hizo cosas malas, pero las hizo. Lo único que hace Perceval es gimotear.
¿«Gimotear»? ¡Eso era aún peor que «irse al infierno»!
—Maurice Lennox es el villano —dijo Ana, indignada—, no comprendo por qué a todo el mundo le gusta más que Perceval.
—Perceval es demasiado bueno. Es irritante. La próxima vez que crees un héroe hazlo un poco más humano.
—Averil no podÃa casarse con Maurice. Era malo.
—Ella podÃa haberlo reformado. No puedes reformar a una medusa pero puedes reformar a un hombre. Tu cuento no es malo y admito que tiene interés. Pero eres demasiado joven para escribir algo que valga la pena. Espera diez años.