Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Yo no renunciarÃa tan pronto —dijo finalmente el señor Harrison—. EscribirÃa una historia de vez en cuando, pero no perseguirÃa a los editores con ella. EscribirÃa sobre personas y lugares conocidos; harÃa hablar a la gente con el lenguaje de todos los dÃas; y dejarÃa que el sol siguiera su trayectoria normal sin darle demasiada importancia. Si tuviera que introducir en mi historia a un villano, le darÃa una oportunidad, Ana…, le darÃa una oportunidad. Hay hombres muy malos en el mundo, supongo, pero tendrÃas que andar un buen rato antes de encontrar alguno, aunque la señora Lynde crea que todos somos malos. La mayorÃa de nosotros guarda su poquito de bondad en algún rinconcillo. Continúa escribiendo, Ana.
—No; fue una tonterÃa intentarlo. Cuando termine en Redmond me dedicaré a la enseñanza. Sé enseñar. No sé escribir cuentos.
—Cuando termines en Redmond, ya habrá llegado el momento para buscarte un marido. No me parece bien posponer demasiado el matrimonio… como hice yo.
Ana se incorporó y regresó a su casa. HabÃa momentos en los que el señor Harrison resultaba realmente intolerable. «Mandar al infierno», «gimotear», «buscar marido». ¡¡Oh!!