Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Es difÃcil convencerse de que está muerto alguien a quien hemos conocido —dijo Ana a Diana mientras regresaban a casa—. Ruby es la primera condiscÃpula que se va. Una por una, tarde o temprano, todas la seguiremos.
—Supongo que sà —respondió Diana, incómoda. No querÃa hablar de eso. Hubiese preferido comentar los detalles del funeral; la espléndida mortaja blanca que el señor Gillis insistiera en poner a su hija («los Gillis son cursis hasta en los funerales», habÃa dicho la señora Lynde); la triste cara de Herb Spencer; el llanto histérico e incontrolado de una de las hermanas de Ruby. Pero Ana no querÃa hablar de todo eso. ParecÃa envuelta en un sueño, y daba a Diana la sensación de no tener allà arte ni parte.
—Ruby Gillis reÃa mucho —dijo Davy de pronto—. ¿Se reirá en el cielo tanto como en Avonlea, Ana? Quiero saberlo.
—SÃ, creo que lo hará.
—¡Oh, Ana! —protestó Diana, con una sonrisa de sorpresa.
—Bueno, ¿por qué no, Diana? —preguntó Ana con seriedad—. ¿Crees que en el cielo no se rÃe?
—¡Oh, no sé! No me parece lo más correcto, sin embargo. Tú sabes que es feo reÃrse en la iglesia.
—Pero el cielo no será como la iglesia, por lo menos no siempre.