Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Después del funeral, la señora Lynde declaró enfáticamente que Ruby era la muerta más hermosa que contemplara jamás. Durante muchos años se habló de su hermosura, vestida de blanco entre las flores que Ana dispusiera a su alrededor. Ruby había sido siempre hermosa, con una belleza terrenal: poseía cierta insolente cualidad, como si la ostentase ante los ojos que la contemplaban. El espíritu jamás había brillado en ella ni el intelecto la había refinado. Pero la muerte la había tocado, consagrándola, destacando la pureza de las líneas y los delicados detalles escondidos antes. La muerte había transformado a Ruby, como sólo hubieran podido hacerlo la vida, el amor y una profunda femineidad. Ana, contemplándola a través de las lágrimas, creyó ver en ella su verdadero rostro, el que Dios le destinara. Y así la recordó siempre.

La señora Gillis llamó aparte a Ana antes de que el cortejo fúnebre partiera y le entregó un paquete.

—Quiero que guardes esto —dijo, llorando—. A Ruby le habría gustado que tú lo tuvieras. Es el centro de mesa que estaba bordando. No está terminado. La aguja está clavada donde sus dedos la dejaron el día en que murió.

—Siempre queda algo por terminar —dijo la señora Lynde, con lágrimas en los ojos—; pero supongo que siempre queda alguien para terminar la labor.


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