Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La siguiente semana pasó rápidamente, ocupada en lo que Ana llamaba «quehaceres de última hora». Debía hacer varias visitas de despedida, unas más agradables que otras, según estuvieran visitantes y visitados acordes con las esperanzas de la joven o pensaran que estaba demasiado excitada por ir a la universidad y creyeran su deber «ponerle los puntos sobre las íes».
Los miembros de la Sociedad de Fomento de Avonlea dieron una fiesta nocturna de despedida a Ana y a Gilbert en casa de Josie Pye; la eligieron un poco porque la casa era amplia y también porque se sospechaba que las Pye declinarían toda participación si no se elegía su casa para la fiesta. Fue un grato acontecimiento, pues las dueñas de la casa, contra su costumbre, se portaron muy bien y no hicieron ni dijeron nada que pudiera echar a perder la armonía de la reunión. Josie estuvo increíblemente cordial; hasta condescendió a decir a Ana:
—Tu nuevo vestido te sienta bastante bien, Ana. Realmente, casi pareces guapa.
—¡Qué amable de tu parte! —respondió Ana, con alegres ojos. Su sentido del humor se estaba desarrollando y, lo que a los catorce años la habría herido, ahora le resultaba divertido. Josie sospechó que Ana se reía de ella, pero se contentó con murmurar a Gertie, mientras bajaban la escalera, que Ana se iba a dar aires de reina ahora que iba a la universidad.
