Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Las hay en la de todos —contestó la tía alegremente—. La mía está resquebrajada en mil lugares. Tu señorita Stacy quiso decir probablemente que a los veinte años tu carácter habría tomado una u otra dirección y que seguiría desarrollándose en ese sentido. No te preocupes más, Ana. Pórtate como debes con Dios, con tus semejantes y contigo misma y trata de pasarlo lo mejor posible. Ésa es mi filosofía y siempre me ha dado buen resultado. ¿Dónde va Phil esta noche?

—A un baile; y tiene un hermosísimo vestido de seda color crema con encajes. Combina muy bien con el color bronceado de su tez.

—Hay cierta magia en las palabras «seda» y «encaje», ¿no es cierto? —dijo la tía—. Su sonido me hace sentir como si estuviera preparándome para un baile. Y seda amarilla; me hace pensar en un vestido hecho con rayos de sol. Siempre soñé con tener un vestido de seda amarilla; pero primero mi madre y luego mi marido ni querían oír hablar de eso. Lo primero que haré en cuanto llegue al cielo será conseguir un vestido como ése.

Phil bajó, entre las risas de Ana, y se contempló en el gran espejo ovalado que había sobre una pared del cuarto.

—Un espejo lisonjero es indispensable —dijo—. El de mi habitación me hace sentir mala. ¿Estoy guapa, Ana?


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