Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¿Realmente sabes lo guapa que eres, Phil? —preguntó Ana con honesta admiración.
—Desde luego que sÃ. ¿Para qué, si no, existen los hombres y los espejos? Pero no es a eso a lo que me refiero. ¿Tengo bien peinados los rizos? ¿Me cae bien la falda? Y esta rosa, ¿quedarÃa mejor más abajo? Tengo miedo de que esté demasiado alta.
—Todo está perfecto. Y ese hoyuelo es admirable.
—Ana, hay algo tuyo que me gusta particularmente… y es tu bondad. No hay en ti una partÃcula de envidia.
—¿Por qué habrÃa de ser envidiosa? —preguntó la tÃa Jamesina—. Puede que no sea tan hermosa como tú, pero tiene una nariz mucho más bonita.
—Lo sé —concedió Phil.
—Mi nariz ha sido siempre un consuelo para mà —confesó Ana.
—Y me gusta cómo te cae el cabello en la frente, Ana. Y ese rizo rebelde que parece estar siempre a punto de caerse es delicioso. En lo que se refiere a narices, la mÃa ha sido siempre una gran preocupación para mÃ. Sé que a los cuarenta tendrá un forma espantosa. ¿Cómo te parece que seré a los cuarenta, Ana? —inquirió Phil.
—Una señorona casada.