Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Lo siento mucho. Perdóname —fue todo lo que pudo decir Ana. ¿Dónde, dónde estaban todos los hermosos discursos que imaginara para rechazar pretendientes?
Gilbert dejó su mano suavemente.
—No hay nada que perdonar. Hubo momentos en que pensé que me querías. Me he engañado, eso es todo. Adiós, Ana.
Ana corrió a su cuarto, se sentó junto a la ventana y lloró amargamente. Sentía que había perdido algo precioso: la amistad de Gilbert. Oh, ¿por qué debía perderla así?
—¿Qué te pasa? —preguntó Phil, mientras atravesaba las tinieblas tenuemente iluminadas por la luna.
Ana no contestó. En aquel momento le habría gustado que Phil se hallara a mil kilómetros de distancia.
—Supongo que has rechazado a Gilbert Blythe. ¡Eres tonta!
—¿Te parece tonto rechazar a un hombre al que no se ama?
—No sabes reconocer el amor. Has imaginado el amor como una sensación determinada y quieres que en la vida real sea así. Vaya; es la primera cosa sensata que he dicho en mi vida; no sé cómo me las he arreglado.
—Phil —rogó Ana—, por favor, vete y déjame sola un momento. Mi mundo ha caído hecho pedazos y quiero reconstruirlo.