Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¿No te importo nada? —preguntó el joven después de una pausa mortal durante la cual Ana no se atrevió a levantar los ojos.
—No… no en ese sentido. Te quiero muchÃsimo como amigo. Pero no te amo, Gilbert.
—Pero puedes darme alguna esperanza de que en el futuro…
—No, no puedo hacerlo. Nunca, nunca te amaré… en ese sentido… Gilbert. No vuelvas a hablarme asà nunca más.
Hubo otra larga pausa… larga, tensa; Ana tuvo por fin que levantar la vista. La cara de Gilbert tenÃa una palidez mortal. Y sus ojos… Ana no pudo soportarlo y desvió la mirada. Todo aquello no tenÃa nada de romántico. ¿Es que las declaraciones tenÃan que ser grotescas o… terribles? ¿PodrÃa alguna vez olvidar el rostro de Gilbert?
—¿Hay algún otro? —preguntó por fin en voz baja.
—No… no —respondió Ana con vehemencia—. No hay ninguno, en ese sentido. Y a ti te aprecio más que a nadie en el mundo, Gilbert. Y debemos, debemos seguir siendo amigos.
Gilbert rió amargamente.
—¡Amigos! Tu amistad no me basta, Ana. Quiero tu amor… y me dices que nunca podré alcanzarlo.