Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Ah! —exclamó Ana. Se preguntaba cómo serÃa un verano en Avonlea sin Gilbert—. Bueno —concluyó suavemente—, será muy importante para ti, supongo.
—SÃ, ansiaba conseguirlo. Me ayudará mucho.
—No debes trabajar demasiado —dijo Ana, sin tener clara idea de lo que decÃa. Deseaba desesperadamente que apareciera Phil—. Este invierno has estudiado muy duro. ¿No es una tarde espléndida? ¿Sabes que hoy he descubierto un grupo de violetas blancas debajo de aquel viejo árbol? Me sentà como si hubiera descubierto una mina de oro.
—Tú siempre estás descubriendo minas de oro —dijo Gilbert, también con aire ausente.
—Vamos a ver si encontramos más. Llamaré a Phil y…
—Deja ahora a Phil y a las violetas, Ana —exclamó Gilbert mientras le cogÃa una mano y se la oprimÃa para que no pudiera soltarse—. Hay algo que quiero decirte.
—¡Oh, no lo digas! —pidió Ana—. No… por favor, Gilbert.
—Tengo que hacerlo. Las cosas no pueden seguir asÃ. Ana, te amo. Tú sabes cuánto, yo… yo no puedo expresarlo con palabras. Prométeme que algún dÃa serás mi esposa.
—Yo…, yo no puedo —exclamó Ana lastimosamente—. ¡Oh, Gilbert, lo has echado todo a perder!