Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana estaba sentada sobre la gran piedra gris de la huerta admirando una desnuda rama de abedul que se recortaba contra el rosa pálido del atardecer con perfecta gracia y que constituÃa todo un poema. Edificaba un castillo en el aire, una mansión maravillosa en cuyos soleados patios y majestuosos salones flotaban perfumes arábigos y en la cual era ella reina y castellana. Cuando vio acercarse a Gilbert tuvo un sobresalto. Últimamente se las habÃa compuesto para no encontrarse a solas con él, pero ahora nada podÃa hacer; hasta Rusty la habÃa abandonado.
Gilbert se sentó a su lado y le alargó las flores.
—¿No te recuerdan el hogar y nuestras viejas excursiones de los dÃas de colegio, Ana?
La muchacha tomó las flores y hundió su rostro en ellas.
—En este momento estoy en las tierras de Silas Sloane —exclamó impulsivamente.
—Supongo que dentro de unos dÃas estarás allà realmente.
—No; dentro de dos semanas. Iré con Phil a Bolingbroke antes de ir a casa. Tú estarás en Avonlea antes que yo.
—No, este año no iré. Me han ofrecido un empleo en el Daily News y voy a aceptarlo.