Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Es un libro que me pone hambrienta. Habla demasiado de comida. Sus personajes parecen deslizarse entre el jamón con huevos y el ponche de leche. Después de leer Pickwick tengo que dar una vuelta por el aparador. Pensar solamente en él me da hambre. ¿Hay alguna cosa en la alacena, Reina Ana?
—Esta mañana hice pastel de limón. Puedes coger un trozo.
Phil se precipitó hacia la despensa y Ana salió a la huerta acompañada de Rusty. Era una hermosa noche de primavera. La nieve no había desaparecido del todo en el parque; el pequeño banco, entre los pinos, en el camino al puerto, todavía estaba blanquecino bajo los rayos del sol de abril. El sendero que conducía al puerto estaba lleno de barro y el aire de la noche era frío. Pero el césped crecía verde en algunos lugares, y Gilbert había hallado pálidos y perfumados madroños en un escondido rincón. Llegó del parque con las manos cargadas.