Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Es casi idéntico a lo que yo imaginaba —dijo—. No hay madreselvas en las ventanas, pero tiene un árbol de lilas frente al pórtico y cortinas de muselina. ¡Cuánto me alegro de que esté todavía pintada de amarillo!

Una señora alta y delgada abrió la puerta:

—Sí, los Shirley vivieron aquí hace unos veinte años —respondió a la pregunta de Ana—. Tenían alquilada la casa. Los recuerdo bien. Murieron ambos de fiebres malignas. Fue muy triste. Dejaron una niña que supongo que habrá muerto hace tiempo; estaba muy delicada. El viejo Thomas y su mujer se hicieron cargo de ella… como si no hubiera tenido bastante con sus hijos.

—La niña no murió —dijo Ana, sonriendo—. Soy yo.

—¡No me diga! ¡Vaya, cómo ha crecido! —exclamó la mujer como si la sorprendiera el hecho de que Ana no fuera todavía una criatura—. Deje que la mire: ahora noto el parecido. Es idéntica a su padre. También era pelirrojo. Pero en los ojos y la boca se parece a su madre. Era muy guapa. Mi hija fue alumna suya y la adoraba. Los enterraron en la misma tumba y el Consejo Escolar levantó un monumento a su memoria por los servicios prestados. ¿Quieren pasar?

—¿Me permitiría ver la casa? —preguntó Ana con ansiedad.


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