Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ, desde luego, si usted lo desea. No le llevará mucho tiempo; no hay mucho que ver. Trato de convencer a mi marido para que me haga una cocina nueva, pero él no se mueve. Ahà está la sala y arriba hay dos habitaciones. Usted nació en el cuarto del este, y yo fui a verla entonces. Recuerdo que a su madre le gustaba ver el amanecer y he oÃdo decir que usted nació precisamente cuando amanecÃa, y que lo primero que vio su madre fue un rayo de sol sobre su cara.
Ana subió por la estrecha escalera y entró en la habitación con el corazón palpitante. Se sentÃa como si estuviera en un templo. Allà habÃa soñado su madre en las dulces horas de la espera maternal; allà las habÃa iluminado a ambas el rojizo sol del amanecer en el sagrado instante de su nacimiento; allà habÃa muerto su madre. Ana miró reverentemente a su alrededor con los ojos llenos de lágrimas. Aquél fue para ella uno de los momentos sagrados de su existencia y habrÃa de quedar grabado en su memoria para siempre.
—Parece mentira… mamá era más joven de lo que yo soy ahora cuando nacÃ.
Cuando Ana bajó la escalera, la dueña de la casa la esperaba en el vestÃbulo. Le alargó un pequeño paquete cubierto de polvo, con una cinta de color azul desteñida.