Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Es un manojo de viejas cartas que encontré en un ropero cuando llegué aquÃ. Nunca supe lo que dicen, no curioseé en ellas, pero están dirigidas a la señorita Bertha Wills y ése era el nombre de soltera de su madre. Puede llevárselas si quiere.
—¡Oh, gracias… gracias! —exclamó Ana apretando el paquete con fuerza.
—Es todo lo que quedaba en la casa. Los muebles fueron vendidos para pagar las cuentas del médico y la señora Thomas se llevó la ropa y algunas cositas. No duraron mucho en medio de esos indios que tenÃa por hijos. Eran como alimañas.
—No tengo nada que perteneciera a mi madre. Nunca le agradeceré bastante que me haya dado estas cartas.
—No es nada. ¡Por Dios! Sus ojos son iguales a los de su madre. ParecÃa que hablaban. Su padre era más vulgar, pero muy guapo. Recuerdo que cuando se casaron, la gente decÃa que nunca se habÃa visto una pareja más enamorada. ¡Pobres! No vivieron mucho, pero mientras duró fueron inmensamente felices, y eso vale mucho, me parece.