Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana deseaba llegar a su casa para leer las preciosas cartas, pero antes hizo una corta peregrinación. Fue sola hasta el rincón del cementerio de Bolingbroke donde estaban enterrados sus padres y depositó sobre su tumba un ramo de flores blancas. Luego se dirigió hacia «Monte Sagrado», se encerró en su habitación y leyó las cartas. Algunas habían sido escritas por su madre y otras por su padre. No eran muchas, doce en total, pues Walter y Bertha Shirley no se habían separado con frecuencia. Las cartas tenían el color amarillento y desvaído que da el tiempo. Sus páginas no contenían pensamientos profundos ni palabras sabias, pero estaban llenas de amor y de confianza. Manaba de ellas el suave aroma de las cosas olvidadas y traían, desde muy lejos, la imagen de los dos desafortunados amantes. Bertha Shirley había poseído el don de escribir cartas que reflejaban su exquisita personalidad y las palabras y pensamientos conservaban todavía toda su belleza y su fragancia. Las cartas eran tiernas, íntimas, sagradas. Para Ana, la más dulce era la que su madre había escrito después de nacer ella, durante una corta ausencia de su padre. Estaba llena de «noticias» sobre la pequeña, narradas con orgullo maternal. Cuán inteligente era, cuán brillante, cuán dulce. En la posdata Bertha Shirley decía:
«La quiero más que nunca cuando está dormida, y más aún cuando está despierta».