Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No son tonterÃas —protestó el niño, agraviado—. Es mi prometida esposa y si yo muero será mi prometida viuda, ¿no es cierto? Y no tiene un alma que la cuide, salvo su abuela, que es muy vieja.
—Ven a cenar, Ana, y no alientes a esa criatura en su absurda charla.