Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La vida fue muy placentera aquel verano en Avonlea, aunque Ana sentía «que le faltaba algo». Ni en sus más profundas reflexiones habría admitido jamás que ese «algo» era Gilbert. Pero, al regresar sola a su casa después de las prédicas y las reuniones de la S. F. A., mientras Diana y Fred y otras parejas paseaban por los caminos iluminados por las estrellas, sentía un extraño dolor en el corazón. Gilbert no le había escrito, y ella pensaba que debería haberlo hecho. Casualmente supo que le había enviado una carta a Diana, pero no preguntó nada; y su amiga, que suponía que ella tendría informaciones directas, no hizo ningún comentario. La madre de Gilbert, una dama franca y alegre, aunque desprovista del sentido del tacto, solía preguntarle, siempre en presencia de mucha gente, si había tenido noticias de Gilbert últimamente. La pobre Ana sólo acertaba a ruborizarse horriblemente y a contestar «no muy recientemente», frase que todos tomaban como una simple escapatoria.
Aparte de todo esto, Ana disfrutó de sus vacaciones. Priscilla le hizo una visita en junio y más tarde llegaron el señor y la señora Irving, Paul y Charlotta IV, a pasar en su casa julio y agosto.
«La Morada del Eco» fue nuevamente escenario de alegría y felicidad y los ecos volvieron a resucitar las risas que repicaban bajo los abetos del viejo jardín.
