Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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La señorita Lavendar no había cambiado; estaba solamente más dulce y hermosa. Paul la adoraba, y el compañerismo que los unía era algo delicioso de contemplar.

—Pero yo no la llamo «mamá» a secas —le explicó el niño a Ana—. Ese nombre pertenece sólo a mi madre y no puedo dárselo a nadie más. Pero la llamo «mamá Lavendar» y es la persona que más quiero después de papá. Casi… casi la quiero un poquito más que a usted, señorita.

—Así es como debe ser —respondió Ana.

Paul tenía ya trece años y era alto para su edad. Su rostro y sus ojos eran tan hermosos como siempre, y su fantasía seguía siendo como un prisma que convertía en rayos multicolores lo que se reflejaba en él. Ana y el niño disfrutaban de hermosos paseos por los bosques, los campos y la playa. Nunca hubo dos «almas gemelas» como ellos.

Charlotta IV había madurado. Peinaba su cabello en un enorme moño y ya no lucía las cintas azules de otro tiempo, pero su rostro se conservaba pecoso, su nariz chata y su boca y su sonrisa eran tan amplias como siempre.

—¿No le parece que hablo con acento yanqui, señorita Shirley? ¿No es cierto, señora? —preguntó ansiosamente.

—No lo he notado, Charlotta.


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