Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Me alegro. En casa dicen que sÃ, pero creo que es sólo por ofenderme. No quiero tener acento yanqui. No es que tenga nada contra ellos, señorita Shirley, señora; son realmente civilizados. Pero a mÃ, que me den la isla del PrÃncipe Eduardo.
Paul pasó los primeros quince dÃas en casa de su abuela. Ana estaba allà esperándolo cuando llegó y advirtió que estaba ansioso por ir a la playa, en la que estarÃan Nora, la Dama Dorada y los Mellizos Marineros. Apenas pudo dominar su impaciencia mientras comÃa. ¿PodrÃa ver el travieso rostro de Nora mirándole desde el otro lado del cabo mientras esperaba ansiosamente su llegada? Pero fue un Paul triste el que vio regresar de la playa a la hora del crepúsculo.
—¿No hallaste tu Gente de las Rocas, Paul? —preguntó Ana. Paul sacudió tristemente sus rizos castaños.
—Los Mellizos Marineros y la Dama Dorada no aparecieron. Nora estaba… pero ya no es la misma, señorita. Ha cambiado.