Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Oh, Paul! Eres tú el que ha cambiado. Ya estás muy crecido para la Gente de las Rocas. Ellos sólo quieren jugar con niños. Mucho me temo que los Mellizos Marineros ya no vendrán a buscarte en su bote encantado con velas de luz de luna. Y la Dama Dorada no tocará más para ti en su arpa de oro. La misma Nora no se te aparecerá mucho tiempo más. Debes pagar tu tributo por crecer, Paul. Debes abandonar el país de las hadas.

—Dicen ustedes más tonterías que de costumbre —exclamó la señora Irving, mitad indulgente, mitad severa.

—¡Oh, no! —dijo Ana sacudiendo la cabeza—. Lo que pasa es que nos estamos volviendo muy sensatos; y es una pena. No somos ni la mitad de interesantes en cuanto aprendemos que el lenguaje nos ha sido dado para esconder nuestros pensamientos.

—Pero es que no es así; sirve para que los expresemos —dijo la señora Irving con seriedad. Nunca había leído a Talleyrand y no entendía de epigramas.

Ana pasó quince apacibles días en «La Morada del Eco»; eso había contribuido en cierto modo a la solución del problema personal Ludovic Speed y Theodora Dix. También había estado allí un viejo amigo de los Irving, Arnold Sherman, cuya presencia había hecho aún más agradable la estancia.


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