Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Qué bien lo he pasado! —dijo Ana a la señorita Lavendar—. Me siento nueva. Dentro de quince días estaré en Kingsport, y Kingsport significa Redmond y «La Casa de Patty». Tendría que verla; es el lugar más adorable de la tierra. Me siento como si tuviera dos hogares: «Tejas Verdes» y «La Casa de Patty». Pero ¿qué se ha hecho del verano? Parece que fue ayer cuando llegué a casa con los brazos llenos de flores. Cuando era pequeña el verano se me hacía interminable; ahora «es como un suspiro, como una fábula».

—Ana, ¿sigues siendo tan amiga de Gilbert Blythe como antes?

—Más que nunca, señorita Lavendar.

Ésta sacudió la cabeza.

—Noto que algo anda mal, Ana, y voy a ser impertinente: ¿Os habéis peleado?

—No; lo que pasa es que Gilbert quiere algo más que mi amistad, y yo no puedo dárselo.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Pues lo siento muchísimo.

—Me pregunto por qué todo el mundo parece creer que debo casarme con Gilbert Blythe —exclamó la joven con petulancia.

—Pues porque estáis hechos el uno para el otro, Ana. Por eso. No sacudas la cabeza. Es la verdad.


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