Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Querida Ana —escribía Phil—: tengo que hacer un esfuerzo terrible para tener los ojos abiertos lo suficiente para poder escribirte. Te he olvidado este verano, querida, así como a todos mis corresponsales. Debo contestar un montón de cartas, de modo que sacaré fuerzas de gordura y seguiré adelante. Perdona el error en la metáfora. Tengo un sueño terrible. Anoche, mi prima Emily y yo estuvimos de visita en casa de unos vecinos. Había allí otras visitas y tan pronto como aquellas infortunadas criaturas dejaron la casa, la anfitriona y sus tres hijas las criticaron hasta cansarse. Yo sabía que otro tanto ocurriría con nosotras en cuanto nos fuéramos. Cuando llegamos a nuestro hogar, la señora Lilly nos informó que el sirviente de las vecinas parecía tener escarlatina; de ella se pueden esperar siempre noticias alegres como ésa. Tengo pánico a la escarlatina. Me acosté pensando en ella, y casi no pude dormir. Me revolví en la cama, soñé cosas horribles las pocas veces que dormité un poco, y a las tres desperté con fiebre, dolor de garganta y una horrible jaqueca. Supe que tenía escarlatina; me levanté, muerta de miedo, busqué en el libro de medicina casera de la prima Emily la lista de síntomas, y comprobé que los tenía todos. De modo que volví a la cama y, sabiendo ya lo peor, dormí el resto de la noche como un tronco. (Nunca he comprendido por qué un tronco tiene que dormir más profundamente que cualquier otra cosa, pero eso no viene al caso). Esta mañana me sentía perfectamente, de modo que no es posible que haya tenido escarlatina. Supongo que, de haberme contagiado anoche, la enfermedad no se hubiera desarrollado con tanta rapidez. Claro que piensa uno en esas cosas a la luz del día, pero a las tres de la madrugada no razona nadie con mucha lógica.


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