Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Supongo que te preguntarás qué estoy haciendo en Prospect Point. Bueno, siempre me ha gustado pasar un mes de verano en la costa y papá insistió en que viniera a la «selecta hostería» de mi prima segunda Emily, en Prospect Point. De modo que hace un par de semanas hice mi viaje de costumbre. Como siempre, el viejo «tío Mark Miller» me trajo desde la estación en su antiguo carricoche, con su caballo para todo servicio, como lo llama. Es un buen viejecito y me dio un puñado de caramelos de menta. Las mentas me han parecido siempre unos caramelos casi sagrados, seguramente porque la abuela Gordon me los daba siempre en la iglesia cuando yo era niña. Una vez, refiriéndome al olor que tienen, le pregunté si era «olor de santidad». No me gusta comer los caramelos del tío Mark porque los lleva sueltos en el bolsillo y tengo que separarlos de un par de clavos oxidados y algunas otras cosas antes de poder llevármelos a la boca. Pero no quise herir sus sentimientos y los fui dejando caer en el camino poco a poco. Cuando me hube desprendido del último, el tío me dijo, un poco regañón: «Usté no debe comérselas’e un golpe, señorita Phil. Le va’doler la barriga».